Érase una vez, una oportunidad más.

¿Qué puede hacer por ti el coaching terapéutico?

– Montse ¿por qué te gustan tanto los cuentos?
– Hay varios motivos; hay cuentos que son como una sacudida, como si me descolocaran de mi eje central. hay otros que me hacen cuestionar muchas cosas, otros me hacen pensar, los hay que simplemente me distraen, otros me aportan soluciones que antes no veía, también están los que me hacen soñar y los que hacen que conecte con el presente, otros… Como ves, hay varios motivos.

Te voy a contar un cuento, que logró reunir casi todas esas cosas a la vez.

Un empresario que acababa de fallecer se dirigía al cielo, donde esperaba encontrarse con San Pedro, para que este juzgara si era digno o no de entrar en el paraíso. La verdad es que no iba nada tranquilo, porque según su memoria, no recordaba haber hecho nada bueno. A medida que se acercaba al cielo se esforzaba para buscar, por pequeña que fuese, alguna buena acción en su vida. Todo quedo en vano y esto hacía que cada vez se sintiera más y más nervioso.

A fin llego a la puerta principal, pero allí no vio a nadie, ni rastro de San Pedro, ni rastro de más almas. ¡Que raro! -pensó- ¿Dónde están todos? Después de dudar durante unos segundos decidió seguir avanzando, total, las puertas estaban abiertas. Siguió avanzando y siguió asombrándose de que allí no hubiera nadie, ni ángeles, ni almas, ni santos, nada, solo estaba él. Siguió avanzando ya que todas las puertas del camino se encontraban abiertas. Aquí todos tienen que ser honrados, ningún vigilante, nadie controlando el acceso -pensaba para sus adentros-

A medida que avanzaba se iba sintiendo mejor, más tranquilo, no sabia muy bien el porque, pero el lugar le tranquilizaba. Así fue andando hasta encontrarse en el mismo centro del paraíso, el lugar era bellísimo, lleno de luz y de colores, todo parecía en calma y harmonía.

Fue entonces cuando se percato que se encontraba delante de lo que parecía un gran despacho con las paredes de cristal. Este debe ser sin duda el despacho de Dios -dijo, después de esperar un buen rato, y al ver que no había nadie- Cómo no, las puertas estaban abiertas y decidió entrar. Se acerco al escritorio y no pudo dejar de fijarse en unas relucientes gafas, no pudo resistir la tentación y tras echar unas mirada a ambos lados de la sala para cerciorarse que no había nadie, decidió usarlas para ver si podía ver la tierra. Nada más ponérselas quedo maravillado y sorprendido, desde ahí se contemplaba toda la tierra, a todos sus seres, pero eso no era todo, también sus pensamientos, sus deseos, en fin, todo. Después de un buen rato absorto con todo aquello que veía, se le ocurrió buscar a su socio para ver que estaba haciendo. Él y su socio tenían una financiera donde ambos ejercían la usura y el robo cuando podían, sin ningún tipo de escrúpulos. Fue fácil dar con él, estaba en el despacho, como siempre, pero justo en ese momento estaba embaucando a una pobre anciana.

Cuando vio con sus propios ojos lo que su socio pretendía hacer, se sintió mal, muy mal, empezó a sentir que aquello era una gran injusticia y necesitaba tomar cartas en el asunto, desorientado vio donde se encontraba y no sabia que podía hacer, solo sabia que su sed de justicia iba creciendo en su interior y que no podía permitir que su socio se saliera con la suya. En esto, vio el banquillo donde Dios apoyaba los pies, y sin pensarlo dos veces lo cogió y lo arrojo hacia su socio con tan buena fortuna que le dio de lleno dejándolo K.O.

En ese mismo momento oyó unos pasos que se acercaban hacia donde estaba él, al volverse se encontró ante la mirada de Dios.

– ¿Qué haces aquí? Le pregunto Dios.
– La puerta estaba abierta y como no había nadie…
– Bien, pero… ¿dónde esta mi banquillo?
Este tranquilizado por el tono de voz de Dios, empezó a explicarle lo sucedido.
– Al estar las puertas abiertas he sentido la curiosidad de entrar y al ver las gafas…
– ¿Si?
– He vuelto a tener curiosidad y me las he puesto para poder ver la tierra.
– ¿Si?
– Y he querido comprobar como estaba mi socio, y al ver que estaba estafando a una anciana, no me he podido controlar por la injusticia.
– Todo esto está muy bien y agradezco tu sinceridad, pero esto no responde a mi pregunta ¿donde esta mi banquillo?
– Verá Señor, he cogido lo primero que tenia al alcance de mi mano… su banquillo y se lo he tirado, teniendo una gran puntería y dejándolo K.O. ¡Se lo merecía! ¡Era una injusticia!
– Ya veo… imagínate que yo, cada vez que veo una injusticia en la tierra, empezara a tirar banquillos a la cabeza de la gente. ¿cuántos crees que quedarían ahora?
– Perdóneme Señor, me he dejado llevar, he sido muy impulsivo y no he pensado en las consecuencias de mis actos.
– No te preocupes, te entiendo… solo que la próxima vez que quieras ponerte mis gafas recuerda ponerte también mi corazón, el corazón de un padre. Y recuerda sólo tiene derecho a juzgar el que tiene poder para salvar. Vuelve a la tierra, te doy la posibilidad de practicar lo que hoy has aprendido aquí.

Y en ese momento se despertó empapado en sudor y enrollado en las sabanas de su cama. Hay historias que parecen sueños y sueños que parecen realidad… pero también hay sueños que podrían cambiar la historia.

Dando un enfoque diferente haces las cosas difíciles más fáciles.

By | 2017-03-02T12:09:38+00:00 septiembre 27, 2013|Blog, En la consulta|0 Comments

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